Ataques israelíes dejan al menos 20 muertos en Gaza
De Rodrigo Santos Andrade
Colombia regresó esta semana al dicho que dice que en los momentos difíciles cada persona descubre realmente con quién cuenta. Hace solo dos meses, los colombianos estaban en medio de una polarizante campaña política por la presidencia, y pensaron que estaban más divididos que nunca. Las familias pelearon a la hora de la comida, los amigos dejaron de hablar por WhatsApp. Pero llegó una crisis lo suficientemente fuerte para cambiar las emociones con el vecino: un terremoto de magnitud 7,4 que removió al occidente del país, destruyó cientos de miles de casas, y dejó a casi 300 personas muertas. En medio del dolor y el miedo, los colombianos descubrieron que aún se tienen a sí mismos. Los miles de rescatistas en Pereira, por ejemplo, la ciudad con más personas fallecidas, aprendieron el valor del silencio: solo así es posible escuchar a quien está vivo y necesita ayuda entre los escombros. “Yo no voy a dejar solo a mi país”, dice conmovido a los medios un adolescente pereirano que se sumó a remover los restos que dejó la tragedia.
Sin pedir un peso a cambio, los psicólogos quieren dar terapia a quienes tienen miedo, los ingenieros civiles quieren revisar grietas de quienes no saben si pueden regresar a casa, las cocineras quieren hacer una sopa para quienes tienen hambre porque “donde comen uno, comen dos”. Un grupo de ciudadanos montó una página web donde los locales pueden ver en tiempo real dónde se necesitan guantes, linternas o medicinas. En Manizales, otra de las ciudades capitales duramente golpeadas, otra página web muestra dónde hay mascotas asustadas que se perdieron en medio del movimiento.
Mayerly Arrigui, en Cali, no ha parado de sacar escombros desde que empezó la emergencia. Vende velas en los buses, fue habitante de calle durante 10 años, y hoy trabaja con las manos peladas mientras su hija de dos años duerme en un coche, en la esquina, a la vista de todos. “Lo hago por vocación”, dice, sin soltar el balde. Como ella está Elizabeth Serna, una lideresa social del Distrito de Aguablanca, quien no ha dormido más que siestas cortas. No tiene a nadie bajo los escombros, pero eso no le impidió lanzarse a las calles junto a su hija Melissa Rodríguez, de 17 años, convertidas en dos manos más de las miles que hoy sostienen a la ciudad. Han reunido fondos de los vecinos para abastecer de gasolina la maquinaria pesada que abre paso entre los escombros. Cuando el dinero no alcanzó, se plantaron en una bomba de gasolina a pedirles a los conductores unos pesos más.
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