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De Rodrigo Santos Andrade
Este martes en la mañana, mientras Colombia comentaba la sorpresiva derrota del presidente entrante la noche anterior, Abelardo de la Espriella escribió en X un mensaje que parecía más el de un ganador que el de alguien cuyo candidato acababa de perder la presidencia del Senado. Felicitó al senador ganador, el uribista Honorio Henríquez, y planteó encontrar puntos de encuentro desde el respeto de la mutua independencia. Dijo, además, que no hizo campaña por su candidato, y presentó el resultado como una prueba de fortaleza democrática: “No soy un político tradicional. Estoy aquí para hacer la gran política”.
El tono de quien decide leer una derrota como si fuera una victoria ajena que también le sirve no es solo retórica. La votación fue, sin duda, un golpe inédito: nunca, bajo la Constitución de 1991, el presidente entrante había perdido un pulso por definir la cabeza de una de sus cámaras. Pero De la Espriella tiene en Henríquez un aliado, que hizo campaña por él. El Centro Democrático, el partido al que pertenece el nuevo presidente del Senado y que lidera el expresidente de derechas Álvaro Uribe Vélez, incluso se declaró partido de Gobierno tan pronto venció el ultra en el balotaje. Su bancada de 47 congresistas está puesta a disposición de la nueva administración. Es decir, lo que perdió el presidente entrante no fue el control del Senado, sino una pulseada personal por poner a un amigo, Alfredo Deluque, en la testera.
Lo verdaderamente inédito fue que el uribismo ganara con los votos del Pacto Histórico, la colectividad de izquierda que presidirá Gustavo Petro en cuanto deje la primera magistratura, y que durante años ha sido la némesis histórica de Uribe. Esa alianza, sin embargo, tiene fecha de vencimiento clara. No nació de una coincidencia programática ni de un acercamiento ideológico, algo que aclaró en la plenaria del lunes la senadora petrista Carolina Corcho, sino de una negativa compartida: ni el petrismo ni el uribismo estaban dispuestos a que De la Espriella rompiera los acuerdos por los que todas las bancadas se distribuyen todas las dignidades en el legislativo. De hecho, todos los partidos votaron por las restantes vicepresidencias del Senado y por las de la Cámara de Representantes. Además, Wilson Arias, del Pacto Histórico, dio un segundo argumento antes de la votación: el apoyo a Henríquez era un voto contra el fascismo, como había ordenado horas antes Petro. Fue, en el sentido más estricto, una alianza coyuntural, no el anuncio de una oposición articulada contra el nuevo Gobierno.
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